Constantemente estamos diciendo que en todo hay un lado bueno y un lado malo, que hay cosas buenas y correctas y cosas incorrectas y que por lo mismo la humanidad se divide en buena o mala.
Pero a qué lado pertenecemos nosotros? Quién nos ha nombrado jueces para separar a los buenos de los malos? De qué lado me colocaría yo? De qué lado me colocarían los demás?.
Conviene plantearse estas interrogantes porque cuando simulamos hacer un examén de nuestros actos nos consideramos ser menos malos que los demás y llegamos a la conclusión de que quiénes deben de cambiar son los demás ya que nosotros creemos estar actuando con toda propiedad.
Calificándolos a ellos somos en extremo minuciosos y rígidos, pero al simular juzgarnos a nosotros mismos somos blandos y nuestros defectos los consideramos pequeñeces ante los que vemos en los demás.
Pero si nuestras deficiencias las colocáramos en ellos, valdría la pena preguntarnos con toda sinceridad si las seguiríamos viendo igual de insignificantes o nos escandalizaríamos por su gravedad.
Cuidado! Nadie nos ha nombrado jueces de la vida de otros ni se nos ha dado el diploma de perfectos. No pretendamos ser rígidos acusadores de otros, no vaya a ser que cuando Dios venga y seamos juzgados, nuestra severidad sea aplicada.
Que nuestros juicios sean de tal modo cuidadosos, que no condenemos a otros por faltas menores que las nuestras.
Lucas 6:37-42
Juan 8:2-11
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)

No hay comentarios:
Publicar un comentario